Hoy: La Biblioteca

agosto 17, 2009 at 4:43 pm (nota color) ()

por Manuela Expósito

La reunión se inició puntualmente en el lugar acordado. Los representantes de cada vertiente ocuparon sus respectivos puestos y sus miradas se cruzaron sólo por un instante antes de que comenzara el debate fijado para ese día. El muchacho que había sido designado como cabeza de la asamblea corrió un mechón renegrido que le caía sobre la frente y aclaró su garganta.

“Hoy vamos a tratar el tema de la biblioteca” dijo en un tono cargado de solemnidad, que logró incluso que las dos chicas que cuchichelibros, librosaban al fondo se quedaran en completo silencio. A su afirmación le siguió un insistente ruido de papeles, ya que los presentes se alistaban para sacar sus apuntes y comenzar a tirar algunas ideas que tenían ya plasmadas en sus cuadernos. El muchacho que tenía la batuta del encuentro fue ordenando la palabra de todos y cada uno de los participantes que – casi atropellados – se disputaban los unos a los otros el protagonismo en la charla.

Un morocho de ojos claros, de notoria ascendencia caucásica, planteó la necesidad de invitar a los vecinos a donar más libros de los ya existentes. “Tenemos que ofrecer variedad”, sentenció, ante la aprobación de la mayoría de sus compañeros. Tras él, una joven estudiante de filosofía con una larga trenza que caía a la altura de su cintura, mencionó la importancia de volantear en los colegios de la zona, para que los chicos supieran que había un lugar al cual recurrir en caso de que los textos que necesitaban no los encontraran en su escuela. El de pelo renegrido iba tomando nota de todo lo que le parecía de sumo interés, y aclaraba al lado de cada propuesta la cantidad de miembros que adherían a la misma.

Un par de ideas más se barajaron antes de la votación del proyecto final. Ésta se dio en un marco de tranquilidad mayor a la que el grupo estaba acostumbrado, por lo que el acta se labró con suma rapidez. Mientras la chica de trenza era felicitada por su ocurrencia, el director de la asamblea aprovechó para guiñarle un ojo con cierto disimulo. No sólo lo motivaba la belleza de la estudiante, sino también su admiración hacia una persona a la cual consideraba fundamental en su proyecto barrial, por su coherencia e integridad. Pensó por unos instantes en invitarla a tomar algo, pero pronto recordó que tenía obligaciones por cumplir. “Será en otra oportunidad” susurró por lo bajo a uno de sus amigos, quien levantó los hombros restando importancia al comentario. Ambos eran concientes de la agitada vida del militante.

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